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Queremos un mundo sustentado en unas relaciones internacionales orientadas al bien común


Antes de la pandemia:

Antes del estallido de la COVID-19 el escenario internacional ya mostraba claros desajustes. Por un lado, nos enfrentábamos a riesgos, amenazas y retos trasnacionales- desde la crisis climática a la proliferación de armas nucleares, sin olvidar a las pandemias, el terrorismo internacional, los flujos descontrolados de población, las creciente desigualdades…- que necesitan respuestas comunes de largo aliento. Pero, por otro, su gestión seguía dominada por el cortoplacismo y en manos de actores internacionales cada vez más anacrónicos- empezando por la ONU-, incapaces de desarrollar las reformas necesarias para poner en práctica un orden internacional que entienda que no puede haber seguridad sin desarrollo, ni desarrollo sin seguridad y todo ello sobre la base del respeto pleno de los derechos humanos para todos. Además, con el efecto añadido de la crisis sistémica que estalló en 2008, las brechas de desigualdad se han hecho aún más anchas, mientras se seguían desatendiendo las causas estructurales que explican el generalizado malestar e inseguridad de un amplio porcentaje de la población mundial.


Mientras tanto, en el terreno de la acción estatal, Estados Unidos (con Trump) había pasado de centrar su atención en la lucha contra el terrorismo internacional a la competencia entre potencias globales, con China como referencia principal, sin olvidar a Rusia y a una Unión Europea en peligro de irrelevancia. Una competencia que ha potenciado las respuestas securitarias y el aumento del gasto militar mundial, mientras se ha dejado atrás a muchas personas incapaces de satisfacer sus necesidades básicas y garantizar su seguridad.


Entretanto, ha recobrado fuerza el ultranacionalismo y el populismo xenófobo, así como el desencanto con un modelo sociopolítico y económico que pone en cuestión el contrato social con las nuevas generaciones.

*


Durante la pandemia:

Hoy, cuando aún queda lejos la salida de la crisis sanitaria, económica y política en la que nos ha sumido la pandemia, se hace aún más claro que el entramado institucional internacional encargado de gestionar la globalización no está en condiciones (no por falta de capacidades, sino de voluntad política de sus Estados miembros) de responder adecuadamente. A pesar del enorme el reto para la humanidad que supone la COVID-19, ni la ONU (cuyo Consejo de Seguridad ni siquiera ha logrado reunirse) ni el G-7 ni el G-20- como tampoco el FMI, la OCDE, el Banco Mundial o la OMC- han logrado ir mucho más allá de meras declaraciones y expresiones de preocupación. La Unión Europea, por su parte, se juega su credibilidad ante sus propios ciudadanos, con el claro riesgo de que se desmorone el proceso de unión política si no logra ser útil para salir de esta crítica situación. Los Estados, por su parte, siguen cayendo en la tentación del “sálvese quien pueda”, como si no estuviera claro que el problema excede las capacidades de cada uno de ellos en solitario y que solo mediante la cooperación internacional será posible paliar los efectos más agudos de la pandemia.


En lugar de una imprescindible respuesta multilateral y multidimensional asistimos a un penoso espectáculo en el que se entremezcla una competencia para imponer un relato exculpatorio- responsabilizando a otros de todos los males- con un descarnado forcejeo por acaparar medios para atender a los propios, aunque sea a costa de condenar a los vecinos.

Nada de eso frena la violencia- más allá del estéril llamamiento del Secretario General de la ONU, del pasado 23 de marzo—sino que, por el contrario, son muchos los gobiernos y los actores violentos de todo signo que están aprovechando la desatención sobre lo que ocurre en muchos rincones del planeta para tomar ventaja. Del mismo modo actúan grupos criminales, tratando de aprovechar la ausencia del Estado para ganar lealtades entre la población más desfavorecida.


Es cierto que todos navegamos en el mismo mar, pero unos lo hacen en barcos de lujo y otros apenas logran mantenerse a flote en embarcaciones muy precarias. Las consecuencias de la tormenta, por tanto, van a ser muy desiguales.

*


Preguntas para repensar otro mundo posible:

  1. ¿Es necesaria una Constitución de la Tierra o basta con darle capacidad ejecutiva a la ONU para que pilote la gobernanza global?

  2. ¿Volveremos al mismo modelo de economía de mercado y de democracia parlamentaria, a pesar de sus carencias y disfunciones, o hay alguna alternativa realista en el horizonte inmediato?

  3. ¿Logrará la sociedad civil organizada empoderarse hasta el punto de poder incidir en los actores políticos y económicos para pensar en términos de seguridad humana?

  4. ¿Será posible, aunque solo sea por egoísmo inteligente, salirse del ombliguismo occidental habitual para pensar en los demás, por ejemplo, atendiendo al reto global que supone África?

  5. ¿Hay voluntad política suficiente para potenciar los mecanismos de la diplomacia preventiva y de construcción de la paz poniendo la seguridad humana como referencia central de la agenda internacional?


Puedes descargar la Guía completa pinchando aquí.

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