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Queremos un mundo donde la alimentación esté asegurada y sea saludable y sostenible


Antes de la pandemia:

Iniciábamos 2020, el momento de un mayor avance científico y técnico en la historia de la humanidad, con la paradoja de que algo tan esencial como la alimentación de los seres humanos no estaba garantizada. Permitíamos que más de 820 millones de personas en el mundo se encontraran en situación de subnutrición, de hambre. Al mismo cerca de 1.000 millones de personas padecían obesidad y enfermedades evitables por alimentarse con dietas inadecuadas, exceso de refrescos azucarados y comidas ultraprocesadas ricas en azúcares, grasas saturadas y sal. Nos alejábamos de las dietas tradicionales (como la mediterránea) recomendadas por los nutricionistas, los expertos y las abuelas. Doblábamos, al menos en los países “desarrollados”, el consumo de carne recomendado por la OMS. Incrementábamos la resistencia a los antibióticos por su utilización masiva en la ganadería industria (con el resultado de 25.000 muertos anuales sólo en Europa).


Pero además de no hacernos bien y no ser justo y equitativo, el sistema alimentario no era sostenible. Era completamente dependiente de los combustibles fósiles (elaboración de los fertilizantes inorgánicos, maquinaria, transporte, refrigeración…) contribuyendo a alrededor de un 30% de los gases de efecto invernadero generados en el planeta. No era sostenible porque ya había contribuido a que 1/3 de los suelos del planeta se encontrasen degradados, lo que limita su productividad futura. No era sostenible porque estábamos reduciendo la biodiversidad de los cultivos y de las especies ganaderas como nunca en la historia. No era sostenible porque la gente no quería vivir y trabajar en el campo en las condiciones actuales. No era sostenible porque estábamos desperdiciando alrededor de 1/3 de los alimentos que producíamos.

El diagnóstico era claro y los objetivos para revertir la situación son el corazón de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, firmados en 2015 por todos los Estados miembros de las Naciones Unidas. Se reconoce la insostenibilidad del modelo, la necesidad de realizar transformaciones de envergadura para mantener a flote nuestra casa común compartida, con una utilización equilibrada de los recursos existentes y un cumplimiento efectivo en el acceso a una alimentación saludable para todos. Pero en 5 años de vigencia de esos objetivos los pasos habían sido mínimos y las tendencias del hambre y la obesidad iban en dirección opuesta.


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Durante la pandemia:

Aún estamos dentro del proceso, en una fase muy inicial para muchos de los países más vulnerables y con muchas incertidumbres sobre sus consecuencias. Hasta el momento los precios de los alimentos no se han disparado como en 2008, sigue habiendo alimentos en los mercados y la respuesta combinada entre los entes públicos, las organizaciones sociales y las propias familias están paliando muchas de las situaciones más críticas. Países como España, están destinando partidas para garantizar unos ingresos mínimos, bajo diferentes modalidades, a las personas con problemas de renta. A otros colectivos se les está facilitando la alimentación en sus casas desde el ámbito local o autonómico. No siempre la calidad de los productos está siendo la idónea ni se siguen unos criterios nutricionales saludables.

Aunque con mayor timidez que lo deseable se está cayendo en la cuenta de la importancia esencial de producir los alimentos para las sostenibilidad de la vida. Podemos estar sin futbolistas, jugadoras de tenis o baloncestistas profesionales durante meses o años, pero no podemos mantenernos si agricultores, sin ganaderas, sin trabajadores magrebíes, subsaharianos o rumanos más allá de unas pocas semanas. Y los primeros reciben de nuestras sociedades cientos de veces más atención y remuneración que los segundos. Nos lo estamos replanteando, pero aún, en el inicio de la pandemia hemos tenido poca sensibilidad y una mirada urbano-céntrica.

También estamos teniendo la oportunidad de enfrentarnos a la cocina, de valorar la diferencia entre lo fresco y lo ultra-procesado, de recuperar recetas familiares e intercambiarlas, de poder educar a nuestros hijos en unos hábitos más saludables, enseñarles y compartir tareas y responsabilidades.

A nivel mundial empiezan a llegar los informes sobre el riesgo de incremento sustancial del hambre en los próximos meses. Sobre todo en aquellos países que dependen de las importaciones de alimentos y que los compran con los recursos que obtienen las exportaciones de materias primas (petróleo, minerales…), ahora con los precios hundidos, ¿los apoyaremos?

Nos encontramos también con un sistema de las Naciones Unidas desfinanciado, al que los Estados no le han querido dar las competencias ni la financiación suficiente a lo largo de los últimos años. Empezamos a ser conscientes de los recursos que cada país está teniendo que invertir por su cuenta, de forma desordenada por no confiar y apoyar de forma decidida a entes internacionales de solidaridad, gestión democrática y asistencia técnica y científica como la OMS. La FAO lleva meses sin tener operativa su Oficina en Madrid por falta de un mínimo financiamiento, y su presupuesto mundial anual sigue siendo inferior a la suma de el del Barcelona y el Real Madrid, paradojas que explican muchas cosas.

Con todos estos aprendizajes parece que podríamos estar un poquito más cerca de llevar a cabo las transformaciones disruptivas que eran necesarias en el sistema alimentario desde hace tiempo y que parecían imposibles de aplicar hasta ahora. Nos faltaba la consciencia de globalidad en la que vivíamos. Nos faltaba la valoración de que la alimentación es una de las cosas más importantes para una persona, una sociedad y una civilización. Nos faltaba ser conscientes de que las normas no son eternas y que teníamos la capacidad democrática y la urgencia física de adaptarlas con criterios de justicia por el bien de todos y la sostenibilidad de la vida en el planeta.


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Preguntas para repensar otro mundo posible:

  1. La alimentación está en el centro de la salud y la vida de las personas y de la sostenibilidad de las sociedades y del planeta: ¿vamos a valorar y reconocer social y económicamente a las personas que producen comida sana de forma sostenible? ¿vamos a garantizarles ingresos apropiados y prestigio social? ¿vamos a favorecer un relevo generacional?

  2. Desde un reconocimiento de nuestra ciudanía global y la necesidad de avanzar de forma coordinada y solidaria. ¿Vamos a fortalecer y democratizar la gobernanza global en materia de alimentación? ¿Vamos a trabajar colectivamente reforzando organismos que son de todos como la FAO y a la OMS (con incremento presupuestario y de competencias) para que haya un espíritu cooperativo mundial, un intercambio de experiencias y un seguimiento de las normas que van hacia un bien colectivo alineadas con la Agenda 2030?

  3. Ante la insostenibilidad del sistema alimentario en términos ambientales ¿Vamos a dirigir nuestras políticas alimentarias y agrarias nacionales, europeas y mundiales para favorecer producciones y dietas más sostenibles en las que nos olvidemos de los combustibles fósiles como motor del sistema y en la que se modere el consumo de carne? ¿vamos a revisar el sistema fiscal para que sea coherente e incentive esa transformación? ¿Vamos a apostar por la Agroecología, por una agricultura de proximidad, que cumpla con los compromisos planetarios?

  4. Ante los niveles de obesidad y deterioro en la salud vinculados a la inadecuada alimentación con exceso azúcares añadidos, sal y grasas saturadas. ¿Vamos a impulsar sin complejos y de manera masiva las dietas saludables como la Mediterránea? ¿Vamos a regular y denunciar las prácticas insanas como la publicidad engañosa? ¿Vamos a utilizar instrumentos fiscales para desincentivar el consumo de alimentos insanos y favorecer el de los productos frescos, saludables y sostenibles? , ¿vamos a ponernos a cocinar más, a comprar productos frescos, a no maleducar alimentariamente a nuestros hijos?

  5. El desafío de realizar la transformación del sistema alimentario hacia uno sostenible que no ultra-dependa del petróleo es colosal, con implicaciones multidimensionales (ambientales, políticas, económicas, sociales…). ¿El ámbito académico y de investigación, las empresas, los organismos públicos nos vamos a central en estos problemas y desafíos estratégicos y colectivos de la humanidad con una visión de corresponsabilidad global? ¿o vamos a seguir priorizando aquellas cuestiones “rentables” en un marco economicista coyuntural lleno de externalidades negativas?


Puedes descargar la Guía completa pinchando aquí.

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